7 de mayo de 2017

Our Seven Sins: Pereza

«Ahora, respóndeme: ¿qué clase de compañera?»

Suspiró con cansancio.

«¿Qué clase de compañera?»

Apretó las mandíbulas inconscientemente.

«¿Qué clase de compañera?»

Se pasó una mano por el rostro, agobiado. ¿Clase de compañera? ¿¡Es que había más de una, demonios!? Conocía perfectamente el significado de tal palabra: "persona que se acompaña con otra para algún fin". Lo sabía, porque él mismo había obligado a Levy a repetírselo durante una y otra vez. Como si buscara de alguna forma tatuarse el significado en el cerebro. Sin embargo, la pregunta que Mira le había espetado al aire se le había clavado como un puntal en la cabeza.

El fin estaba claro. Tener aventuras juntos. Eran como familia, eso por descontado. Cuidaban el uno del otro. Él cuidaba de que ella no se metiera en líos innecesarios —tarea en la que fallaba estrepitosamente la mayoría de las ocasiones—, y ella cuidaba de él intentando que no se excediera demasiado en cualquier encargo. Tarea en la que ella, lamentablemente, también solía fracasar. Sonrió con amargura. Menudo equipo singular hacían. Happy podía considerarse como la guinda del particular pastel.

Sin embargo, no era capaz de imaginar una vida en la que alguno de ellos dos no estuviera. Echó la cabeza hacia atrás, reposándola en el incómodo respaldo de la silla de madera. Tenía las piernas cruzadas sobre una de las esquinas de la cama donde ella aún dormitaba. Habían pasado nueve días infernales desde que ella había caído en esa especie de sueño continúo. Y nada daba indicios de que la situación fuese a cambiar.

Se sentía como una olla de esas que Mira tenía en la cocina, y que soltaba aquel ruido infernal en el momento en que alcanzaba su punto máximo de calor.

Hasta donde tengo entendido, el concepto «novia» únicamente comprende el plano sentimental. Por lo tanto, ella definitivamente no es mi novia. Ella es… mucho más.

Sus propias palabras se reprodujeron sin querer en su cabeza, cual lacri-película barata. Sintió un absurdo calorcito en las mejillas que le hizo recordar la incomodez sin sentido de los últimos días. Era la misma sensación que le entraba cuando le picaban los dedos de las manos al aguantar el impulso de tocarle los cabellos. Se miró las palmas de las manos, notando aquel molesto picor punzándole incluso el estómago y apretó los puños con fuerza. Frustrado, comenzó a revolverse los cabellos, desesperado consigo mismo.

El jodido cabeza de cucurucho tenía razón: era un idiota sin remedio.

—Joder, no me digas que ahora te ha dado por arrancarte la cabellera. Si necesitas un corte de pelo, hazte el favor de decírselo a Laki o a Kinana antes de que te desgracies más de lo que ya estás.

El calor de las mejillas de Natsu aumentó de manera súbita. No hizo ademán alguno de reconocerlo, pero si procuró chascar la lengua que revelara un gesto de disgusto. Ni siquiera se molestó en girar el rostro para mirarle.

—¿Qué coño se te ha perdido aquí, muñeco? ¿no tienes a alguien más para molestar? —farfulló malhumorado.

Gray se encogió de hombros. Enganchó otra de las sillas y la arrastró por el suelo provocando un chirrido desagradable como ningún otro. Ignoró el fruncido ceño del tragafuegos y tomó asiento justo en frente de él, al otro lado de la cama de la maga estelar. Y esbozó una sonrisa más que molesta a los ojos del dragon slayer.

—Verás, me aburría y pasaba por aquí. Así que me dije, ¿por qué no hacer una pequeña visita? Es Lucy, a fin de cuentas. Y Lucy es Lucy.

Natsu soltó un gruñido en respuesta, provocando que la sonrisa de Gray aumentara perceptiblemente de tamaño.

—Vamos, vamos —el alquimista cruzó las manos sobre su regazo y relajó la postura contra el respaldo del asiento—, no hay que ponerse así. Ella también es amiga mía, no lo olvides.

—Ella no es nada tuyo, muñeco —espetó iracundo, como si contuviera tal blasfemia que le reverberara a través del pecho. Al segundo, cayó en la cuenta y pestañeó, incrédulo consigo mismo.

Eh… ¿qué?

Gray mantuvo una sutil mueca, que le provocó un fastidioso escalofrío. —¿Cómo has dicho? —cuestionó el usuario de magia de hielo con calma, justo como si no hubiese podido escucharle con claridad.

El tragafuegos agitó levemente la cabeza, intentando que aquel sencillo gesto le desembotara los pensamientos que se le comenzaban a amontonar. A lo mejor es que a esas alturas estaba perdiendo directamente la lucidez. Total, tampoco le pillaría por sorpresa…

—¿Serías tan amable de repetírmelo? —preguntó Gray con aquella entonación que lograba encabronarlo hasta límites insospechados.

Natsu soltó humo por la nariz, al punto de la exasperación. Sin embargo, decidió no participar en el juego que la retorcida mente del muñeco estuviese maquinando. No le daba la gana y punto. —Vete al demonio, cabeza de cucurucho.

La contestación provocó que la tenue sonrisa de Gray desapareciera completamente de su rostro. En su lugar, apareció una mueca mucho más enfadada. Su aura comenzó a desprender pequeñas motas heladas. —Continúas sin pillarlo, ¿verdad, maldito estúpido? —preguntó de manera más violenta.

Natsu volvió a fruncir el ceño con gravedad. Estaba al límite de su temple. E intuía de antemano que Gray también lo sabía. Estaba buscándole las cosquillas por algún motivo que escapaba a su comprensión. A decir verdad, había estado provocándole los últimos días y él no había hecho otra cosa que ignorarle. Tenía cosas más importantes que hacer. Como velar el sueño de Luce, por ejemplo, aunque reconocía que el contemplar el caer de las hojas a través del cristal de la ventana no era muy entretenido. Pero parecía que la pausa en la que se encontraban estaba llegando a su límite. Cerró los ojos, buscando algún lugar mental que pudiera otorgarle calma y tranquilidad dentro de su cabeza. Su cerebro evocó el único lugar en el que siempre se había sentido en paz: el apartamento de Luce. No pudo evitar agarrarse un puño con su otra mano, intentando contenerse.

—Aquí no, Gray —advirtió con muda gravedad.

Gray arqueó una ceja y frunció la boca en un gesto duro. —Que aquí, ¿no? ¿Dónde sino, maldito cerebro de lava? Llevas días aquí encerrado, así que es el único sitio donde se te podría encontrar. Estoy hasta las narices de que Juvia me suplique que te saque de aquí para que, aunque sea, tomes un poco el aire. ¿Es eso lo que buscas, idiota? ¿Matarte tú también, tal vez? Por mí, puede lagrimear todo lo que quiera, porque no iré a visitar tu estúpida tumba —aseguró iracundo.

Natsu sintió como el pecho le vibraba. Agarró con fuerza los reposabrazos, al punto de tornar blancos los nudillos. Continuó sentado sin moverse un ápice, justo como si aquello le costara un esfuerzo titánico. No obstante, los leves temblores de aguantar las ganas de abalanzarse sobre él lo delataban. Sabía que en el fondo el muy cabrón tenía razón. Y ese, era el único motivo por el cual no se había lanzado sobre él para hacerlo pedazos a puñetazo limpio.

Gray contuvo enojado el duelo de miradas y después de unos instantes, inspiró con profundidad. Intentó recomponer la compostura que le caracterizaba. Odiaba perder los estribos, y odiaba al idiota sentado frente a él, por ser de las pocas personas en el mundo que lograba quitárselos.

Natsu aflojó el agarre y, por fin, sintió como la sangre de sus manos recuperaba el ritmo normal de circulación. Había estado a punto de trillar la madera entre sus manos. Parecía que aquella pausa extraña continuaría un poco más.

—Entonces, ¿te dejarás morir por seguirla?

El tragafuegos se levantó de golpe de la silla y, agarrándola del respaldo, la lanzó con ímpetu por los aires, estrellándola contra uno de los ventanales de la habitación. Los pedazos de cristal salieron inevitablemente disparados por todas partes.

El salón del gremio sufrió una gradual calma después de que un impacto atronador interrumpiese el acostumbrado bullicio. Sus integrantes comenzaron a mirarse los unos a los otros, extrañados. Tras unos instantes, un silencio también gobernó la habitación donde reposaba la maga estelar. Uno de los cristales terminó desprendiéndose del marco y cayó al suelo en un ruido resquebrajado. Impactado, el usuario de magia de hielo bajó lentamente los brazos. Había llegado a cubrirse por los pelos, puesto que la silla había pasado al lado de su rostro en un parpadeo y con una velocidad exorbitada. Y abrió los ojos en impresión cuando contempló en un hito la ventana rota.

Viró la cabeza con lentitud hasta contemplar de frente el rostro del tragafuegos, que lucía mortificado y atormentado por completo. Al final, había conseguido despertar de su engañosa pereza al demonio dormido.

—¡Por supuesto que lo haría, joder! ¡Qué coño quieres oír, ¿eh?! —vociferó el tragafuegos, desatado— ¡Quieres que te cuente lo inútil que me siento aquí sentado, viendo como se me escapa su vida en suspiros! ¡O como me gustaría arrancarle la existencia a golpes a ese maldito bastardo! ¡O incluso lo culpable que me siento por el hecho de que sea ella la que esté ahí tumbada, cuando debería haber sido yo! ¿¡ES ESO LO QUE QUIERES OIR, MALDITA SEA!? ¡DARÍA MI VIDA POR ELLA, O TODO LO QUE HICIERA FALTA!

Gray tomó aire de manera entrecortada. Apenas le llegaba a causa de la impresión. Sabía que tarde o temprano Natsu estallaría, pero nunca hubiese esperado tal confusión por parte del dragon slayer. Reconocía que en la mayor parte de las ocasiones era un tarado y un inconsciente, pero de algún modo extraño, intuía que Natsu también era consciente de lo que le pasaba con la maga estelar, por mucho que se empeñara en negarlo o reconocerlo. Y pareciera que justamente la mezcla de todo eso lo estaba jodiendo a base de bien.

Natsu continuó tomando bocanadas de aire, acelerado en su totalidad. Se miró las palmas de las manos, que temblaban. Miró con ira al estúpido cabeza de cucurucho. En aquel momento, le odió más que nunca. Sobre todo, por hacerle escupir todo lo que tenía agolpado en la cabeza.

Gray continuó mirándolo, esta vez con algo más de amargura. Se sacudió levemente la tela del pantalón. Pequeños cristales cayeron al suelo en un tintineo. Se levantó en un movimiento lento hasta quedar en pie. Se acercó con cautela al tragafuegos, quien había enterrado de nuevo las manos entre sus cabellos. Parecía estar a punto de arrancarlos por la desesperación. El usuario de magia de hielo dudó, pero terminó posando una mano sobre su hombro. Aquel gesto desestabilizó el descontrol del dragon slayer, que terminó quieto como una estatua en menos de un segundo.

—Lo sé —ratificó, sin resquicio de duda—. Lo sé, tranquilo. Está bien —murmuró—. Todo estará bien. Cuando despierte, que lo hará —aseguró con vehemencia—, procura que ella también lo sepa. Díselo, Natsu —repitió entre dientes—, o terminarás haciéndote un daño que podrías no poder reparar.

Natsu continuó mirando al vacío a través de la ventana rota. Sin embargo, un murmullo atravesó la habitación, cual relámpago en mitad de una tormenta.

—Ala este, sección E. Corredor derecho, séptima celda —el usuario de magia de hielo continuó dándole la espalda—. Por si acaso. Solo espero que sepas lo que haces —susurró.

Justo en aquel instante, notó como si su cerebro hubiese caído en un extraño punto muerto. No sintió los pasos de Gray alejarse, dejándole solo en la habitación. Tampoco sintió cuando cerró la puerta con suavidad tras él. Desvió la mirada hacia la maga estelar, que continuaba dormitando tan tranquila y ajena a lo que ocurría a su alrededor.

En aquel instante, se sintió morir. Porque era cierto. Su subconsciente se lo había estado gritando sin parar. El concepto «novia» no comprendía en absoluto todo lo que Luce significaba para él. Porque ella era tardes de juegos o noches en el sofá. Mañanas de pesca o encargos en cualquier lugar, no importaba dónde. Era un sitio donde sentirse querido a un nivel de profundidad que no era capaz de explicar.

Con amargura, caminó hasta la ventana rota. Se agachó y empezó a recoger los cristales. Sentía la boca pastosa y la garganta reseca. Después del tercer corte en uno de sus dedos y sintiéndose desolado, dio la tarea por perdida. Solo esperaba que Mira no se enfadase demasiado a causa del ventanal roto.

Se dejó caer en la silla en la que el usuario de magia de hielo había estado sentado y se arrastró hasta quedar justo al lado de la joven rubia. Dejó caer la cabeza entre sus brazos sobre la orilla de la cama.

—Vamos, Luce —murmuró con la voz tomada—, vuelve conmigo. Te necesito conmigo. Hasta Happy te necesita —musitó en un intento divertido—. Últimamente no soporta mi humor. Ni siquiera yo me soporto.

Sin embargo, no recibió contestación. La habitación continuó sumergida en un silencio aterrador. Y aún con la cabeza oculta entre sus brazos, cerró los ojos con desesperación.

Tampoco cayó en la cuenta de cuando cayó dormido.

Entreabrió los ojos, desorientado. Le dolía el cuello. De seguro que había caído dormido en la misma postura incómoda de los últimos días. Tras parpadear varias veces, frunció levemente el ceño. No reconocía esa habitación. Esa no era la habitación de Lucy. Contempló desorientado las sabanas de satén negro de la cama. Él se había quedado dormido en una silla, estaba seguro. Un extraño sofá se vislumbraba a un lateral, mientras que tenues luces de aspecto siniestro mantenían alumbrada la habitación. Giró la cabeza, asustado. Ella no estaba en aquella cama.Lucy no estaba.

—Vaya, vaya… —susurró una voz femenina a su espalda— por fin nos conocemos, Natsu Dragneel.
Notas de la autora:

Vale, soy mala persona.¡Pero bueee~no, cuánto tiempo! ¡Madre mía, parece que hubiera pasado una eternidad! Reconozco que he estado desaparecida un tiempo. No os voy a mentir diciéndoos que es porque se me ha muerto el portátil, o porque haya tenido un virus en el ordenador que me haya liado una a lo «300». Sencillamente, me han ocurrido muchas cosas y he necesitado un tiempo para digerirlas. De hecho, actualmente me encuentro en terreno desconocido, así que me estoy tomando las cosas con calma.

Peee~ro ¡aquí me tenéis de nuevo, y con un nuevo pecado a la lista! La cosa está candente, ¿eh? Jejeje, ya me conocéis. Yo, y mis finales enrevesados. Sabéis que soy así, y así seguiré —y espero que me sigáis apreciando aún por ellos xD—, ¡así que continuemos con nuestra odisea!

Después de mucho debatir con mi musa, he decidido que el siguiente pecado será… —redoble de tambores, gracias— ¡la lujuria! —se empiezan a escuchar gritos conmocionados y emocionados de fondo— ¡así que YA SABÉIS! ¡NO hace falta que os diga nada más, queridos, puesto que ya me conocéis de sobra! ¡LA COSA «ESTÁ QUE ARDE»! Recordad —voz solemne—, la decisión es vuestra: ¿Natsu… o Lucy?